SAGA: La Última Frontera. Episodio VIII: El Trono vacío. Parte I. Kenshi gameplay.

Bitácora de Kenjiro Hubo un tiempo en el que bastaba con que un solo hombre cayera para que todo aquello que habíamos construido desapareciera junto a él. Recuerdo aquellos primeros campamentos improvisados donde cada decisión dependía de una única persona, donde abandonar el fuego durante demasiado tiempo significaba regresar para encontrar únicamente cenizas. Sin darme cuenta, pasé años viviendo con la certeza de que debía estar presente en todas partes al mismo tiempo. Era una carga que aceptaba sin cuestionarla. Creía que así funcionaba el mundo. Hoy descubrí que estaba equivocado. Antes de partir observé Libertad desde las murallas. Nadie esperaba órdenes. Nadie permanecía inmóvil aguardando mi regreso. Cada uno conocía exactamente cuál era su responsabilidad. Los guerreros entrenaban para proteger aquello que un día sólo existía en nuestra imaginación. Los torreteros vigilaban el horizonte con una paciencia que sólo poseen quienes entienden que la verdadera victoria consiste en evitar que una batalla llegue a comenzar. Las ninjas recorrían la ciudad con el mismo silencio con el que antes atravesaban fortalezas enemigas. Gin continuaba arrancándole secretos al pasado, convencido de que el conocimiento también puede convertirse en un arma cuando se utiliza para construir en lugar de destruir. Mientras los observaba comprendí algo que nunca había sentido con tanta claridad. Libertad ya no era mi obra, había dejado de pertenecerme. Ahora pertenecía a todos aquellos que habían decidido llamarla hogar. Por primera vez pude abandonar la ciudad sin sentir que estaba dejándola atrás. Permanecía viva incluso sin mí. Quizás ese sea el momento exacto en que una ciudad deja de ser un sueño y comienza a convertirse en una nación. Las Tierras Cenizas seguían esperándome igual que siempre. Allí el viento parece arrastrar algo más que polvo. A veces da la impresión de transportar los últimos susurros de un mundo que se negó a desaparecer por completo. Cada ruina, cada muro derrumbado y cada máquina abandonada parecen recordar una época en la que los hombres creían haber conquistado el futuro. Resulta imposible caminar entre aquellos restos sin preguntarse cuánto tiempo pasó hasta que dejaron de llamarse imperio para convertirse simplemente en ruinas. No tardé en descubrir que incluso allí todavía existen guardianes. No defienden reyes ni protegen ciudades. Custodian órdenes pronunciadas por voces que hace siglos dejaron de existir. Durante el combate comprendí que enfrentar a aquellas máquinas no se parece a luchar contra un hombre. Los hombres dudan. Se cansan. Sienten miedo. Las máquinas sólo continúan avanzando. Caí más de una vez mientras intentaba encontrar una forma de quebrar aquella voluntad de acero. Cada derrota parecía confirmar que el tiempo juega a favor de quienes nunca se detienen. Sin embargo, incluso las máquinas terminan cayendo. Cuando el silencio regresó al lugar donde antes resonaban los golpes del metal, observé el núcleo que había permanecido oculto en su interior durante tantos años. Lo sostuve entre mis manos imaginando la cantidad de imperios, guerras y generaciones que habían desaparecido mientras aquella pequeña pieza continuaba cumpliendo la misma función. Resulta extraño pensar que algo construido para servir a un mundo muerto terminará ayudando a levantar uno nuevo. Regresé con una única certeza. Todavía no he llegado al lugar que vine a buscar. Las Tierras Cenizas siguen guardando respuestas que aún no estoy preparado para comprender. El trono que vine a encontrar continúa esperándome en algún lugar entre las ruinas, rodeado por los restos de un poder que parecía eterno. Quizás por eso no siento que esta expedición haya comenzado realmente. Todo esto no fue más que el primer paso. Y los primeros pasos, casi siempre, son los que menos nos preparan para aquello que está por venir. — Kenjiro