Manual de la Legión, Cap.6, Deberes de los legionarios, pto.2 La imitación de la humildad de Marí...
cap. 6. DEBERES DE LOS LEGIONARIOS PARA CON MARÍA - punto 2 LA IMITACIÓN DE LA HUMILDAD DE MARÍA ES LA RAÍZ Y EL INSTRUMENTO DE TODA ACCIÓN LEGIONARIA La Legión se dirige a sus miembros hablando en términos de combate. Y con razón, porque ella es el instrumento activo visible de Aquella que es temible como un ejército en orden de batalla, y que se esfuerza denodadamente por el alma de cada hombre; y también, porque el ideal militar crea en los hombres, además del entusiasmo de todo ideal, unas insospechadas energías. Los legionarios de María, al sentirse sus soldados, se verán impulsados a trabajar con una exigencia disciplinada, y sin perder de vista que sus acciones bélicas son ajenas a este mundo, y que, por lo tanto, han de conducirse, no según la táctica militar de este mundo, sino del cielo. El fuego que llamea en el corazón del verdadero legionario prende sólo cuando encuentra unas cualidades que el mundo desconoce y tiene como vil escoria; en particular, la humildad: esa virtud tan poco comprendida y tan menospreciada, cuando es en sí nobilísima y vigorosa, y confiere singular nobleza y mérito a quienes la buscan y se abrazan a ella. La humildad desempeña un papel único en la vida de la Legión. Primero como instrumento esencial del apostolado legionario: el principal medio de que se vale la Legión para su obra es el contacto personal, y no le será posible ni realizar ni perfeccionar este contacto sino mediante socios dotados de modales henchidos de dulzura y sencillez, que sólo pueden brotar de un corazón sinceramente humilde. En segundo lugar, la humildad es para la Legión más que mero instrumento de su apostolado: es loa cuna misma de este apostolado. Sin humildad no puede haber acción legionaria eficaz. Según Santo Tomás de Aquino, Cristo nos recomendó por encima de todo la humildad, y por esta razón: porque con ella se anula el principal impedimento para nuestra santificación. Todas las demás virtudes derivan de ella su valor. Sólo a ella le concede Dios sus dones, y los retira en cuanto ella desaparece. De la humildad brota la fuente de todas las gracias: la Encarnación. En su Magnificat dice María que Dios hizo en Ella alarde del poder de su Brazo, es decir: usó con Ella toda su omnipotencia. Y da la razón: su humildad. Ésta fue la que atrajo la mirada de Dios sobre María, y la que le hizo descender a la tierra para acabar con el mundo viejo e inaugurar otro nuevo. Más ¿Cómo pudo ser María dechado perfectísimo de humildad, si estaba enloquecida y Ella era consciente- de un cúmulo de perfecciones del todo inconmensurables, rayano en lo infinito? Cierto. Pero era humildísima porque, al mismo tiempo, se veía también redimida, y más enteramente que todos los demás hijos de Adán; y jamás perdía de vista que sólo debido a los méritos de su Hijo estaba Ella adornada de tantas gracias y dones. Su inteligencia sin igual iluminada por la luz de lo alto- percibía con claridad meridiana que, habiendo recibido de Dios más que nadie, más que nadie era deudora a la divina generosidad, y una actitud fina y exquisita de agradecimiento y de humildad brotaba en Ella de modo espontáneo y permanente. De María, pues, aprenderá el legionario que la esencia de la verdadera humildad consiste en ver y reconocer, con toda sencillez, lo que realmente es uno delante de Dios; en entender que uno, por sí mismo, no tiene como propio suyo más que el pecado, y que todo lo demás es don gratuito de Dios, el cual puede aumentar, disminuir o retirar los dones con la misma libertad con que los otorgó. La convicción de nuestra absoluta dependencia de Dios se evidenciará en una predilección marcada por los oficios humildes y poco buscados, en una disposición de ánimo pronta a sufrir el menosprecio y las contrariedades; en resumidas cuentas: adoptaremos hacia cualquier manifestación de la voluntad divina una actitud que refleje la de María, y que Ella misma expresó en estos términos: He aquí la esclava del Señor (Lc 1,38). La unión del legionario con su celestial Reina es imprescindible; más, para realizar esta unión, no basta desearla, se precisa también capacitarse para ella. Ya puede uno, con la mejor voluntad, ofrecerse a sentar plaza para salir buen soldado, que, si no reúne las cualidades requeridas para ser de él una pieza bien ajustada de la máquina militar, su sujeción al mando resultará ineficaz: no hará más que estorbar la ejecución de plan de campaña. Dígase lo mismo respecto del legionario. Ya puede estar encendido en deseos de escalar un puesto eminente en el ejército de su Reina; no basta: tiene que mostrarse capaz de recibir lo que tan ardientemente anhela María darle. Ahora bien, ¿de dónde vendrá su incapacidad? En el caso de un soldado de la tierra, provendrá de la falta de valor, de inteligencia, de salud física, etc.; en un legionario de María esa incapacidad vendría de la falta de humildad. Sin humildad es de todo punto imposible conseguir los dos fines de la Legión: la santificación personal de sus miem...

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