Aküjalaa jüchiki wane olojo / Una historia de cacería
Este video impulsa la revitalización del wayuunaiki a través de cuentos tradicionales de nuestra comunidad contados por los mayores para que sean leídos en español y escuchados en wayuunaiki en los procesos de aprendizaje dentro de la escuela de la comunidad, para así fortalecernos identitariamente como pueblo y restablecer los diálogos intergeneracionales dentro de la comunidad. Cuento: ―Abuelo, cuéntenos una historia. ―Está bien, les contaré una historia de cacería, que me ocurrió en Tamaquito Origen, muchos años atrás. Me encontré con un tigre en La Cortadera. Pensé que me iba a asustar, porque he escuchado que el tigre es malo, pero descubrí que eso es mentira, son bobadas que se le ocurren a la gente. Nos encontramos de frente. Los dos nos sorprendimos. Él se sorprendió tanto como yo: él me peló el diente y yo le apunté con la escopeta. Me quedé esperando a que hiciera algún movimiento, pero se quedó estático y después de mostrarme los dientes, arrugó la frente. “Te voy a matar”, le dije. Entonces, no sé en qué momento, brincó. Dudé que realmente fuera un tigre. Yo me quedé parado y lo busqué, pero había desaparecido de mi vista. “Será que más bien es un conejo o será que es el diablo”, pensé. Exploré el lugar hasta que vi las huellas y traté de seguirlas para continuar buscando. “¿Dónde estará?”. Le chiflé para llamarlo, pero no se veía por ningún lado, había desaparecido. Yo disparé, cambié el tiro a una sola bala y luego me fui de allí. Caminé por un rato, hasta que por fin me encontré con un conejo. “Aquí estás, cuñado ―le dije―, ahora sí te vas a morir”. Cambié el tiro y le disparé. Aunque se había quedado quieto, no le di. Se paró, se paró de frente a mí. “¡Te quieres morir!”. Volví a dispararle y, una vez más, no acerté. “¡¿Qué es esto? ¡Es el diablo!”, pensé. Yo tenía un último tiro cruzado y le dije: “ahora sí te vas a morir”. En ese momento se me perdió. No lo volví a ver más. “Esto es el diablo, el diablo; eso no es un conejo, es el diablo. Mejor me voy de aquí, no vaya a ser que me caiga la mala suerte por el diablo”. Antes de irme otra vez, hice sonar el último tiro y me fui caminando hacia abajo por la colina. De repente, debajo de un palo de cotoprí, que tenía el palo parido (con frutos), apareció un cauquero con las patas blancas. Se acercó y subió una de sus patas. “¿Será que esto es malo?”, me pregunté y volví a probar; esta vez hice como diez disparos. “Vas a ver ahora, ¿será que estoy con mala suerte?”, pero tampoco le di. Y se me volvió a perder; no lo vi más. Creí que el tiro cruzado lo había espantado, pero una vez más, pensé: “Ahora sí te vas a morir”. Ahí me di cuenta de que tenía una pata blanca y un solo cuerno. Recuerdo que una vez, un señor calvo, alijuna, con quien conversaba, me explicó algo. Olvidé su nombre, pero era familiar de mi vecino Domiciano. Él me decía que a los siete tiros quedaba listo el cauquero. De lo contrario, no era un cauquero, sino algo maligno. Luego de eso, me fui por el arroyo cerca a la casa y se me apareció un venado. Estaba parado, quieto. “Ahora sí te voy a matar”, repetí. Le disparé y cayó a medias. Bramaba: “¡bee, bee!”. “Se murió”, dije. Le amarré las patas y me lo llevé para la casa. Al llegar, me dijo el viejo Aguacate: ―¿A qué le estabas disparando, que hiciste tantos tiros? ―Estaba detrás de un conejo y de un cauquero. Dicen que ese cauquero es maligno. Tiene un solo cuerno y una pata blanca y ese fue con el que me encontré. Yo sé que eso es maligno, lo mismo que el conejo. El conejo se paró, se paró y colocó sus patas en el pecho, igual que el cauquero. En ese momento llegó Raúl Díaz a la casa, donde yo vivía, y me dijo: ―Véndeme un cuarto, ahí. ―Está bien, llévatela ―le dije. Se la llevó y me la cambió por guineo. Después de todo lo que pasó, el tigre del día anterior se me apareció entre sueños, pero en forma de persona. “Tú sí eres malo ―me dijo―, me retaste. Yo me asusté mucho; el corazón se me quería salir. Me asusté cuando me mostraste la escopeta y me ibas a matar, pero me fui. Tú sí eres malo”. Entonces yo le contesté: ―Yo no soy malo, tú eres el malo, porque te paraste al frente, igual que habías hecho con el familiar de Domiciano, y lo provocaste también. ―Me arrancaste las dos patas con el tiro ―me reclamó. ―Cómo iba hacer si estaba parado ahí ―respondí. ―No lo vuelvas a hacer ―me dijo. Ahora sé que eso es maligno. Es verdad, eso no era un cauquero, era el diablo. ―Abuelo, ¿y qué pasó después? ―Nada, yo en ese momento estaba con un compañero y le dije: “voy a cazar mañana otra vez”, pero él me previno, diciendo: “deja que pasen los días”. Entonces me fui a echar las vacas, pues las tenía que dejar completas para que él me las atendiera, mientras yo iba a Papayal, donde vivía la vieja Carmen, mi esposa, con mis hijos.

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