Negamos tanto

Hay una mentira que casi todos decimos alguna vez. No se la decimos a los demás; nos la decimos a nosotros mismos. "No fue mi culpa." La negación es una de las formas más elegantes de proteger el orgullo. Nos convence de que el problema siempre estuvo afuera: en la suerte, en los demás, en el momento, en las circunstancias. Porque aceptar un error duele. Obliga a reconocer que pudimos haber hecho algo distinto. Pero la negación tiene un precio silencioso. Nos evita el dolor de unos minutos y nos condena a repetir el mismo error durante años. Es curioso: admiramos a las personas que aprenden de la experiencia, pero olvidamos que nadie aprende de lo que se niega a reconocer. No se puede corregir aquello que uno insiste en decir que nunca ocurrió. Aceptar un error no es declararse un fracaso. Es aceptar que todavía hay espacio para crecer. Quien nunca se equivoca suele ser quien nunca admite haberse equivocado. La negación construye una cárcel muy cómoda. Tiene paredes hechas de excusas y un techo de justificaciones. Uno vive tranquilo allí adentro, hasta que descubre que también dejó de avanzar. Quizás la verdadera fortaleza no esté en tener siempre razón, sino en poder decir, sin que se derrumbe la propia identidad: "Me equivoqué." Porque ese no es el final de una historia. Muchas veces es el primer capítulo de alguien que empezó a cambiar.