Todo empieza acá

Hay días en los que uno se cansa de esperar. De prometerse que algún día va a cambiar. De mirar lo que perdió, lo que salió mal o lo que nunca se animó a intentar. Y entonces ocurre algo. No siempre es un gran acontecimiento. A veces es apenas una decisión silenciosa. Un instante en el que uno levanta la cabeza, mira hacia adelante y siente que todavía queda algo por hacer. Que todavía queda una oportunidad. No porque esta vez sea más fácil. No porque desaparezcan los obstáculos. Sino porque adentro nace una convicción distinta. La sensación de que vale la pena volver a intentarlo. De que los errores ya enseñaron lo que tenían que enseñar. De que las caídas ya dolieron lo suficiente. De que el miedo ya no puede decidir por nosotros. Y entonces, casi como un juramento, uno se lo dice para adentro. Esta vez. Esta vez voy a hacerlo. Esta vez voy a llegar. Esta vez no voy a abandonar. Nadie más lo escucha. No hace falta. Es una conversación íntima entre quien fuimos y quien queremos ser. El horizonte sigue siendo incierto. El camino todavía no existe. Pero por primera vez en mucho tiempo aparece algo más fuerte que la duda: la confianza. La confianza de saber que el pasado no tiene la última palabra. Y que, después de todo lo vivido, todavía somos capaces de empezar otra vez. Con miedo. Con cicatrices. Pero también con una fuerza nueva. Porque hay momentos en la vida en los que uno deja de preguntarse si podrá lograrlo. Y simplemente empieza a caminar. Todo empieza acá.