Episodio 22 - Torrelodones-Losas del Bohonal (Madrid)

Aquella ruta empezó como empiezan muchas buenas ideas: con ilusión, algo de inconsciencia y un punto de pique amistoso. Éramos tres, dos de mis amigos con sus flamantes bicicletas eléctricas y yo, fiel a mi MTB de siempre, sin más ayuda que mis piernas y algo de orgullo. El terreno no tardó en recordarme la diferencia. La montaña estaba plagada de roca suelta, senderos técnicos y una subida constante que parecía no dar tregua. Mientras ellos avanzaban con relativa soltura, gestionando el esfuerzo con la asistencia del motor, yo iba peleando cada metro. Cada tramo empinado se sentía como una pequeña batalla, y el sonido de sus motores eléctricos, suave pero constante, contrastaba con mi respiración cada vez más pesada. Aun así, había algo especial en ese esfuerzo. El crujido de las ruedas sobre la piedra, el equilibrio en los tramos más complicados, y esa sensación de ganarte cada metro con sudor. Pero cuando por fin coronamos y se abrió ante nosotros el descenso, la realidad me golpeó: estaba fundido. Ellos, frescos y con ganas de soltar frenos, se preparaban para disfrutar de la bajada. Yo, en cambio, sentía las piernas cargadas y los reflejos un poco más lentos de lo habitual. Aun así, me lancé. La gravedad hizo su parte, y durante unos minutos, el cansancio quedó en segundo plano. Las rocas pasaban rápido, el sendero serpenteaba, y la adrenalina me devolvió algo de energía. Al final, llegamos abajo con ganas de comer algo y tomar una cerveza fría ¿Merece la pena la eléctrica o no? Yo no tenía claro si cambiaría de bici, pero sí sabía algo: pocas rutas se disfrutan tanto como esas en las que acabas dándolo todo.