In memoriam

GRACIAS En los días en que el corazón se vuelve más frágil, la bondad de los demás también se vuelve más visible. Durante estos días me han llegado mensajes de lugares remotos. Los he leído despacio. A veces de madrugada, cuando las habitaciones recuperan sus antiguos habitantes y los relojes olvidan avanzar. A veces junto a una taza de té que se enfriaba entre mis manos mientras recordaba otras tardes, otras conversaciones, imágenes que creía perdidas. Quise responder a cada persona. De verdad quise hacerlo. Pero las palabras se quedaron detenidas en mis manos, quizá ocupadas siguiendo las cuentas del rosario. Porque ella se ha ido y, sin embargo, todavía aparece. No como se me aparecen las almas normalmente, sino de una manera más sencilla y más difícil de explicar: en una fotografía que de pronto parece reciente, en una frase que me sorprendo a punto de repetirle, en el reflejo de una ventana cuando cae la tarde, en ciertas habitaciones antes que yo. Y entonces comprendo que las personas que amamos no se marchan de una sola vez. Van abandonando el mundo poco a poco, mientras nosotros aprendemos a reconocerlas en otros lugares. Han llegado también las oraciones, los recuerdos y el cariño de quienes la conocieron y de quienes nunca la vieron. Mi madre ha nacido a la vida eterna después de una existencia larga y plena. Todavía me descubro queriendo contarle cualquier cosa, una de esas tonterías que solo interesan a una madre. Después recuerdo dónde ya no está. Y, sin embargo, algunas tardes, cuando la luz cambia de sitio dentro de la casa, tengo la impresión de que sabe exactamente lo que quería decirle. Por eso no escribo estas palabras para despedirla. Las escribo para darles las gracias. Gracias por cada oración, por cada recuerdo compartido, por cada palabra de consuelo y por cada silencio lleno de afecto. Que Dios los bendiga abundantemente. Santiago Bonora Hollywood, Florida — Junio de 2026