Paco Ojeda. El último revolucionario.

Hay una frase que Paco Ojeda repite siempre: yo no invadía los terrenos del toro. Lo que hacía era dejar que el toro invadiera los míos. No es una frase de torero queriendo sonar profundo. Es la clave técnica de todo lo que hizo con la muleta. Y entenderla es entender por qué en cuarenta años nadie ha conseguido replicar su sistema. Un niño de la marisma del Guadalquivir que aprendió a torear cruzando el río de madrugada. Que enseñó a embestir a su caballo para poder entrenarse solo. Que se llamó El Latero antes de que le llamaran El Tartésico. Los pitones a un palmo del pecho. El cuerpo sin moverse. El toro pasando una vez y doce, hipnotizado. Una plaza entera de pie sin saber explicar lo que estaba viendo. Esto es Grana y Oro.