Buscando nuevo camino

La mujer que recordaba el lenguaje de la montaña Dicen que algunas personas nacen para conquistar ciudades. Otras, en cambio, nacen para recordar caminos que nunca fueron escritos. Ella pertenecía a las segundas. Mientras el mundo buscaba respuestas entre el ruido, ella las encontraba en el silencio. No necesitaba que su mente se llenara de información; necesitaba vaciarla para escuchar aquello que siempre había estado allí. Podía comprender las teorías más complejas de la física y traducirlas a palabras simples, como quien convierte un río caudaloso en un pequeño arroyo para que cualquiera pudiera beber de él. Sin embargo, bastaba entrar en una ciudad para perderse entre calles, carteles y semáforos. La ciudad hablaba un idioma que nunca logró aprender. La montaña, en cambio, la llamaba por su verdadero nombre. Cuando comenzaba el ascenso, el sendero dejaba de ser un lugar para convertirse en una conversación. No seguía mapas ni recordaba referencias. Eran el aroma de la tierra húmeda, la textura de las rocas bajo sus manos, el murmullo del viento entre los árboles y el canto lejano de un ave los que le mostraban el camino. Nunca se perdía. No porque conociera el cerro, sino porque el cerro parecía conocerla a ella. Con cada paso, los pensamientos se apagaban y aparecía una certeza difícil de explicar. Ya no existía un "yo" separado de la montaña. La respiración, el viento y el latido de la tierra parecían formar un único ritmo. Entonces comprendía algo que no había estudiado ni razonado. Simplemente lo sabía. No podía demostrar de dónde venía ese conocimiento. Solo aparecía, completo, silencioso y sereno, como el amanecer que no necesita convencer a nadie de que el sol está saliendo. Quizás, pensaba, ese era el lenguaje que la humanidad había olvidado cuando comenzó a poner nombres a todas las cosas: el lenguaje de sentir antes de explicar, de escuchar antes de hablar, de confiar antes de dudar. Y cada vez que descendía de la montaña, llevaba consigo la misma certeza. Hay quienes conocen el mundo con los ojos. Ella había aprendido a conocerlo con el alma.