Arcadio García Quintero

Don Arcadio García Quintero habla con la serenidad de quien ha vivido cada rincón de Sabinosa con la piel, con los brazos y con el alma. Sus palabras, humildes y transparentes, son un mapa íntimo del pueblo y de un tiempo donde todo se medía en sacrificio, en manos encallecidas y en una alegría sencilla que nacía del esfuerzo compartido. Recuerda un Sabinosa donde un trabajo de sol a sol podía pagarse con apenas 35 pesetas, una cantidad que hoy resultaría insignificante, pero que entonces podía encender los ojos de un muchacho como si fueran chácaras brillando al sol. Aquel dinero, en realidad, nunca le pertenecía del todo: se llevaba a casa para ayudar a la familia y, a cambio, la madre entregaba un pequeño gesto de vuelta, un detalle que sabía a cariño y responsabilidad. Los días grandes, como su cumpleaños un 10 de agosto, tenían el brillo de un billete de cien pesetas, aquel billete canelo que parecía una fortuna capaz de llevarlos hasta el casino de Frontera a bailar. Bastaban cinco pesetas para el taxi, cinco o seis para entrar, un par para invitar a una magnesia y rezar para que la muchacha no viniera acompañada por la madre, la tía y la prima, porque entonces el sueldo de la noche se evaporaba entre sonrisas y sorbos espumosos. La vida social de Sabinosa era tan intensa como sencilla: si un vecino necesitaba, allí iban todos a ayudar; si tocaba segar, la comunidad entera se movía como una sola familia. La economía se regía por la reciprocidad, por el “hoy por ti, mañana por mí”, por ese gesto noble de no dejar a nadie solo frente a la tierra. El Cres esa bendita tierra alta que cambió la historia del pueblo, fue un antes y un después. Antes, prácticamente no había terreno donde sembrar cebada, ese grano imprescindible para el gofio. Después, al repartirse los lotes según los miembros de cada familia, el hambre dejó de apretar con la misma fuerza. Allí, en esas terrazas abiertas al viento y al cielo, se sembró cebada, se criaron animales y se sostuvo al pueblo entero en tiempos duros. Del campo se vivía, y del mar también. A sus trece o catorce años, él y su amigo Teófilo nadaban hasta Arenas Blancas, pescaban una veintena de viejas y regresaban con la comida segura para la casa. La subsistencia era una mezcla de ingenio, naturaleza y comunidad. Se salaba el cochino, se guardaba la carne, se aprovechaba todo. Había orgullo en la autosuficiencia del pueblo. Sabinosa tenía carpinterías, herrerías, telares, panaderías, tiendas, cantinas y hasta luz en la calle cuando otros lugares aún vivían en penumbra. Era un pueblo pequeño, sí, pero habitado por manos grandes, decididas, emprendedoras. Hombres como Juan, que con su motor iluminó Sabinosa, o artesanos que construyeron con talento lo que no podían comprar. La lucha canaria fue otra columna fundamenta. Del amor nació el club de lucha Salud, bautizado en honor al Pozo de la Salud. Allí, Cayo guarda historias que suenan a épica isleña: luchadores que parecían invencibles, estrategias murmuradas en taxis subiendo la curva mala, batallas en la tierra que acababan con gigantes cayendo debajo de las sillas del público. Sabinosa, pequeño en número, era enorme en coraje. Se acumulan tantas memorias que no caben en una sola conversación: las panaderías que perfumaban el pueblo, el pan de centeno que duraba días, los rosquetes enormes para los muchachos, las múltiples tiendas, los bares que eran punto de encuentro y vida, la solidaridad que unía a todos, la sabiduría heredada del mar y del campo. Lo que Cayo ofrece no es solo un testimonio: es una lección para quienes vienen detrás. Invita a los jóvenes a mirar al pasado no con nostalgia vacía, sino con respeto y aprendizaje; a recuperar un vínculo con la tierra, con el trabajo honesto y con una forma de vivir que, aunque humilde, levantó a familias enteras. Sus palabras cierran con gratitud profunda hacia quienes hoy se esfuerzan en rescatar estas historias para que no se pierdan. Porque Sabinosa sigue siendo grande gracias a su gente. A quienes lucharon, sembraron, amasaron, remaron, cantaron, rieron y levantaron paredes y sueños. Y también gracias a quienes ahora escuchan, graban, escriben y guardan estas memorias antes de que el tiempo las disuelva Si te gustó el vídeo, deja tu like, haz algún comentario y no olvides suscribirte a este canal. ¡Activa también las notificaciones! Gracias por ver el vídeo y suscribirte al canal 🙂 Abrazos! También puedes seguirnos en Facebook:   / sabinosaunsentimiento